Todo empieza con un quintal en la báscula. 104 kilos y el aliento corto: Alejandro el No-Tan-Magno era, sobre todo, el Demasiado-Gordo.
Febrero de 2018, en Estados Unidos. Me lanzo a la absurda Krispy Kreme Challenge: 5 millas con una docena de dónuts que devorar por el camino. Me apunto sobre todo por la gracia, ¡y porque con el dorsal te regalan otra docena de dónuts! Pero esos 8 km me parecen un desafío muy real, y no estoy nada seguro de poder llegar hasta el final.
Así que, cuando por fin cruzo la línea de meta, orgulloso de aquella pequeña victoria, corro a contarle la «hazaña» a mi padre, que por entonces preparaba su primer trail largo. Yo esperaba felicitaciones. Me devolvió una frase que nunca he olvidado:
«Muy bien, hijo. Y ahora, ¿qué hacemos?»
Picado, le contesté que bien podría preparar el UTMB 2024, a lo que replicó, no sin ironía: «Y yo estaré en esa salida contigo». Lo que no era más que una broma iba a convertirse en una fuente de motivación inesperada.
De aquella pregunta nacieron una obsesión y el primer capítulo del proyecto que cambiaría mi vida: de 100 kilos a 100 millas.
Año tras año cumplí el calendario que me había marcado: perder peso, aprender a correr, correr más lejos, y correr hasta volver, en 2024, a la Place du Triangle de l'Amitié. Él había prometido unirse a mí si alcanzaba ese objetivo. Acababa de cumplir 70 años y estaba a mi lado en la línea de salida de aquel UTMB. Compartir ese momento con él es compartir un orgullo indescriptible y una emoción profunda: una broma hecha realidad, convertida en uno de los desafíos más significativos de nuestra vida.
Si hay algo que le debo a esta aventura, es él. Desde el principio me acompaña sin haberme dejado sentir nunca la menor duda. Pero fue también mi padre quien sembró en mí la semilla del Tor… cuando yo apenas descubría el trail y soñaba con correr mis primeras 100 millas. Una idea que fue germinando todos estos años, alimentada por cada paso, por cada desafío superado.
Aquella semilla actuó como un veneno que se fue extendiendo insidiosamente por dentro, un parásito que me atormentaba con visiones oscuras cuando en los senderos toda esperanza parecía perdida. Y sin embargo, con cada línea de meta cruzada, le iba cediendo terreno, hasta abrazarla del todo en Chamonix…
El Tor des Géants no es un desafío que pueda despacharse burdamente como dos UTMB seguidos. Aunque dobla su distancia y más que duplica su desnivel, no es la simple historia de una ida y una vuelta. Es un ejercicio completamente distinto, al que entonces acepto entregarme.
Septiembre de 2025: aquí está mi oportunidad de medirme con los 4 gigantes de los Alpes: el Gran Paradiso, el Cervino, el Monte Rosa y, por fin, el Mont Blanc. Cuatro guardianes de un valle donde los collados que hay que cruzar superan los 3.000 metros y la altitud te recuerda tu condición mortal. 150 horas, en semiautosuficiencia y entre base de vida y base de vida, solo uno mismo y esa pregunta obstinada: ¿qué pasa cuando ya no quedan excusas?
El verdadero desafío ya no es domar a la bestia, sino ver hasta dónde puede llegar. ¿El miedo? Se instaló como algo inevitable: no al esfuerzo, sino a ese momento en que las piernas fallan y solo queda la cabeza. Esa misma cabeza que, hace seis años, miraba el quintal en la báscula. Alejandro el No-Tan-Magno, convertido en el Demasiado-Gordo: me sigue a todas partes, susurra sus dudas. En el kilómetro 317, cuando la noche haya caído sobre el Col Malatra, ¿qué quedará de aquel que creo haber llegado a ser?
Cinco días, cinco noches. 116 horas de esfuerzo continuo para acabar con esos 330 kilómetros y 24.000 metros de desnivel. Tres ascensiones al Everest para poder llamarme gigante. 450.000 pasos para comprender que los únicos gigantes son ellos.
En realidad no vencí a ninguno: la montaña simplemente me dejó pasar; yo solo tuve la humildad suficiente para rodearla. Con ese tiempo de 116 h no gané el estatus de gigante, sino una recompensa mucho más hermosa, más insensata aún que el propio desafío: la invitación a acercarme más a ellos, a tomar la salida de una aventura completamente nueva, a pisar sus glaciares.
El UTMB me llevó al otro lado del Mont Blanc, hasta Courmayeur, y me reveló lo que allí se esconde: el Tor des Géants. Que a su vez no era más que una puerta. Detrás, más largo y más alto, por donde casi nadie pasa: su hermano mayor, el Tor des Glaciers.
Ese es el siguiente paso. Si vuelvo a subir allí no es por los kilómetros: es para seguir respondiendo a esa pregunta. Porque en el fondo esta no es una historia de ultra trail: es la de un padre y un hijo, la de los encuentros del camino, y la de una pregunta que nos empuja a todos a seguir adelante.
Y ahora, ¿qué hacemos?
A esta línea de salida solo se accede con un tiempo de referencia en el Tor des Géants. Hoy me presento con la ambición de dar sentido a ocho años de exigencia: no por la clasificación, sino por la regularidad, convirtiéndome en uno de los 450 primeros finishers de la historia de este mito.
Entre estas dos imágenes está todo: las renuncias, las noches recortadas, las salidas antes del alba y otras tantas anécdotas. Un personaje en movimiento, falible y obstinado, en el que muchos podrán reconocerse. Una materia poco común, auténtica, para un relato que estamos deseando contar.
Esta película va más allá de una de las pruebas más exigentes del mundo. Cristaliza ocho años de una transformación obstinada para llevar un cuerpo de 100 kilos hasta las líneas de meta de las 100 y 200 millas de leyenda. Es el relato de un padre y un hijo, de un hombre frente a los Gigantes de la montaña.
Esta película no es un fin en sí misma: es la base de un nuevo camino profesional. Nuestro primer capítulo editorial.




El atleta que vive la carrera, la mirada que la convierte en imágenes, y quienes hacen posible la aventura.